LA  RONCA VOZ  DEL VOLCAN

 

por el Dr. Francisco Goldstein Herman      

Psiquiatría, Psicoanálisis, Homeopatía Unicista

 

 

Heber llegó a la consulta por su afonía. Su voz  era débil y ronca. Era invierno y el día se presentaba frío. Pero Heber señaló que siempre había sido sumamente sensible al frío en la garganta. Desde chico había padecido ataques que amenazaban ahogarlo, con accesos de tos tan ronca que él creía tener un perro dentro del pecho. Su madre le había contado que eran episodios de falso crup. El dolor era tan grande que las toses lo obligaban a agarrarse garganta. Se recordaba llorando desconsoladamente cuando llegaban esos accesos y a todo lo largo de los mismos. Todavía en la actualidad, Heber se cuidaba mucho de exponerse a tomar frío, sobre todo en los atardeceres. Cualquier trasgresión indefectiblemente precipitaba una tos seca, áspera, hueca, como si no pudiera desprenderse de un resto de aquellos falsos crup de su infancia o  como si ese residuo no lo quisiera abandonar.  

UN “VOLCAN” ANIMICO

Pero Heber no era sólo un repetido dolor de garganta, también tenía un carácter, una personalidad, un modo de ser. El era un ser muy irritable, fácilmente colérico e impulsivo, reaccionaba al menor estímulo sin pensar siquiera en las consecuencias de sus actos. Necesitaba gritar desaforadamente, amenazar. Después, generalmente se arrepentía de lo que había hecho, pero ya era tarde. Sus respuestas solían ser extremadamente violentas, aún cuando su reacción se hubiera desarrollado sólo entre amigos. Admitía que entre sus allegados se lo conocía por su malhumor. Concedía que se fastidiaba por cualquier cosa. Vivía irritado por la gente que lo rodeaba, fuera con su familia, con los vecinos o con sus compañeros de trabajo.

EL LADO ANIMICO DE LOS DOLORES

Para colmo era sumamente sensible tanto psíquica como físicamente. El menor estímulo le provocaba incontenibles respuestas inmediatas y extraordinariamente exageradas. En lo físico, cualquier dolorcito podía provocarle insólitos desmayos. Si lo rozaban nada más que un poquito, era seguro que perdía el sentido. Los médicos le habían dicho que no podían ni comprender ni explicar cuáles podían ser los motivos de semejante réplicas. Ellos sólo contestaban a sus demandas diciéndole que “jamás habían conocido a una persona tan sensible”.

IMPACIENTE, OBSTINADO, PRONTO A ESTALLAR

Al margen de lo anterior, Heber era una persona que trataba a todos como si él estuviera por encima de ellos, con altanería y arrogancia. Se dirigía a mí con la misma suficiencia o altivez, alardeando y con insólitos desplantes. Era su manera de ser. El no podía esperar a que yo terminara de tomar su historia clínica, necesitaba mi diagnóstico y su curación “de inmediato”. Así era en todas sus acciones, no le importaba el ámbito en que ellas tuvieran lugar. Se mostraba impaciente y obstinado. Ante la demora en obtener respuestas prontas y acordes con sus exigencias, no se molestaba en ocultar su resentimiento.

CON AMENAZAS PENDIENTES

Sentía compulsivos deseos de matar, fuera por la falta de respuestas a sus demandas, como por la más mínima inconveniencia o algo que él interpretara como agravio o humillación.  Por ello no se le podía dirigir picardía alguna, pues no aceptaba insinuación o ambigüedad alguna. Heber admitía que daba la impresión de que podía llegar a matar a sangre fría.

FUEGOS AL ACECHO

Un rasgo inusitado de esta persona era su compulsión a alimentar cualquier fuego arrojándole materiales de cualquier tipo. Si no había fuego presente, lo iniciaba. Me manifestó abiertamente que él pensaba que podía incendiar al mundo… Admiraba la figura histórica y envidiaba a César en el momento en que había incendiado Roma. No cabían dudas de que Heber era lo que psiquiátricamente se designa como, un piromaniaco.

CONSUMIRSE EN EL VOLCAN

Al mismo tiempo se entremezclaban en Heber oscuros pensamientos suicidas. Esto solía acontecerle hacia el final del día, antes de la noche. Los anocheceres solían ser la peor parte del día de esta persona que, como se ha mostrado, resultaba ser un verdadero “volcán humano” siempre pronto a explotar vomitando peligrosos impulsos y estruendosos sonidos (¿los de la ronqueras y de los falsos crups?).

RESTAURANDO EL ANIMO

En el caso de Heber con sus amenazadoras compulsiones como síntomas raros, la Psicomeopatía supo ubicar el mejor medicamento homeopático para todos los síntomas de Heber y no sólo para alguno de ellos aislados del conjunto de sufrimientos. Esta persona pudo, por fin, vivir su vida no sólo porque su garganta dejó de ser el terreno propicio donde su volcán interno podía volcar sus arrestos agresivos, sino porque estos desaparecieron sin dejar restos ‘indomables’. El carácter de Heber “se ablandó”, su malhumor permanente desapareció dejando lugar a una modalidad apacible y más serena, el contacto con quienes lo rodeaban perdió su tono siniestramente agresivo. Así, llegó a tener verdaderos amigos y no sólo ‘obligados conocidos’ que debían soportar sus desplantes abusivos. Una o dos veces por año Heber acude a mi consulta, “para un service”, como él dice riendo (porque ahora puede reir).

LA CALMA TRAS EL EQUILIBRIO

La Psicomeopatía, suma los conocimientos de la psiquiatría y las investigaciones aportadas por el psicoanálisis para definir a un paciente no sólo por sus dolores y neuralgias, sino por todo lo que en él es torturante, extraño, inusual o que parece caprichoso, pero que lo hace sufrir. Recuérdese que el homeopático es un medicamento sin drogas, lo cual significa que no se debe temer por la dependencia que pueda instalar el remedio, como sucede con el medicamento alopático. Tampoco obligará a aumentar las dosis ni tener que desacostumbrarse lentamente para evitar sufrir los castigos de una supresión brusca.