QUIERO SANAR..
¿QUIERO?
Por el Dr. Benito Folmer Schaab
La cura es abrir aquello que ha sido cerrado y endulzar aquello que se
endureció y se ha transformado en obstáculo.
La cura es recordar aquello que ha sido olvidado del contacto, de la unidad y
de la interdependencia de todas las cosas, vivientes o no vivientes.
La cura es abrazar aquello que más tememos.
La cura es penetrar en lo trascendente, en el espacio sin tiempo, en lo
perdurable, haciendo la experiencia y abriéndose a lo divino.
La cura es aprender a tener confianza en la vida.
(Jeanne Achterberg)
El calor húmedo en ese lugar exige un cuerpo adaptado y ganas de soportarlo.
Pasando los 35º C y el 65% de agua en el aire es muy duro.
Las chacras son pequeñas y atendidas por el dueño más alguna ayuda eventual.
Siendo primavera se fumigan las plantaciones de algodón. La mochila en la
espalda porta el tóxico herbicida que se esparce en forma de spray y cuando no
hay buena protección, es inhalado en parte o absorbido por la piel.
A eso de las 18, me buscan los familiares de Cipriano Gamarra. Che, dotor,
está mal el Gamarra. Tenés que procurar por él. Vení rápido.
Cuando esa gente tranquila lo apura a uno no era para descreer de la urgencia
del caso.
Yo conocía el rancho del paciente. Era de los mejores. Cocina, dos
habitaciones y la amplia galería con su hamaca que, orientada al sur, oficiaba
de estar y cocina en verano. Las paredes de adobe blanqueadas con cal en su
base, techo de paja bien prensada , los pisos de tierra compactada barridos
cual baldosas y las plantas aquí y allí hablaban de gente de trabajo.
El escenario estaba modificado por una muchedumbre congregada. Eran sus
familiares y amigos. Rostros preocupados aunque serenos, me dieron la
bienvenida. Es costumbre allí cuando alguien está muy grave acompasar el
tránsito del paciente. Sin saberlo seguramente, están, con su afecto y buena
energía, ejerciendo un acto de sanación.
Lo encontré en coma poco profundo, sudoroso, con pupilas puntiformes y
taquicardia. La medicina de urgencia hizo lo suyo. Sus ganas de vivir, el
resto.
Pudo matear con su familia la mañana siguiente y prometer ser más cuidadoso.
Un proceso de sanación llega a buen término cuando confluyen tres requisitos:
1) Un profesional que domine la ciencia con la que trabaja.
2) Que el profesional trabaje desde un lugar correcto, esto es, empatizando
con el alma de quien es tratado. Es imprescindible que el terapeuta recorra su
propio camino, se adentre en su propia alma para develar sus dolencias y poder
así, sanar desde sus heridas re-conocidas, de sus carencias bien queridas,
para convivir en paz con ellas. El maestro Tomás Paschero decía ".existe una
hendija por la cual el médico puede penetrar en ese campo vedado de lo
agnóstico, es decir de lo que no se puede comprender especulativamente, esa
hendija es el autoconocimiento del propio médico". No se trata de información,
más bien de recordar quién somos, recordar significa volver a pasar por el
corazón.
3) Por último, el tema que hoy nos ocupa y que es: la voluntad de vivir.
La enfermedad ocurre en un marco donde existe un pacto entre la ignorancia y
la sabiduría. La Energía Vital se encuentra atascada de una o varias maneras
en uno o varios sitios de la totalidad individual. El puente a recorrer es la
libertad . Consultar al profesional no necesariamente implica que quiero
sanar, que tengo la determinación de dar un salto evolutivo y aprender de esa
experiencia dolorosa que se ofrece como un maestro iniciático. A veces
abrazamos la enfermedad y remoloneamos con pereza antes de dejarla, otras,
sólo conformamos a la mente con un diagnóstico y nos consolamos diciéndonos ¡
Ah!, tengo "tal cosa".
Debemos ser sinceros y para ello hace falta coraje. Paschero lo expresa así:
"Esta vivencia de la vida en plenitud, de la energía vital absoluta que se
unifica y vibra con la vida personal, es la voluntad de vivir y la voluntad de
curación que el medicamento homeopático despierta.La Homeopatía propende a que
el hombre sacuda su conciencia de materialidad".
Cierro esta nota con unos preciosos versos de Antonio Machado:
"Anoche cuando dormía soñé,
¡bendita ilusión!,
que una colmena tenía
dentro de mi corazón;
y las doradas abejas
iban fabricando en él,
con las amarguras viejas
blanca cera y dulce miel."