Demostración Clínica de la Psora
Dr. Tomas Pablo Paschero (1904-1982 )
Demostraremos, a través de la historia clínica de una enferma que hemos asistido, la existencia real de la psora como una predisposición que condiciona el trasfondo dinámico de todas las enfermedades es un práctico concepto clínico, que permite comprender lo esencial del diagnóstico y la terapéutica homeopática: saber qué es lo que hay que curar en cada enfermo y saber qué es lo que debe esperarse de la acción medicamentosa.
Se trata de una enferma de 39 años de edad, casada, con una hija de 17 años.
A los 22 años tuvo un parto distóico con desgarro vulvar (fórceps). Empezó entonces a sentir dolores en bajo vientre, gravativos, como peso del vientre caído, con dolores en las piernas y dolores que irradiaban a la cintura pelviana. Simultáneamente apareció abundante flujo excoriante, fétido. Hizo tratamiento local con lavajes antisépticos, cauterización de cuello y tratamiento general con sedantes barbitúricos.
Siguieron tres embarazos que interrumpió porque su estado general y local de vías genitales seguía siendo intolerable.
Como sus dolores no cedieran, fue operada del apéndice, a pesar de lo cual sus molestias continuaron aún más intensas y fue operada nuevamente por diagnóstico de posible obstrucción intestinal. El resultado fue nulo.
En un examen de materia fecal hallaron amebas, siendo sometida a intenso tratamiento con Yatren y Emetina. Continuaron los dolores, calambres, quebrantamiento general, nerviosismo, cefaleas, depresión e irritabilidad. Aplicaron rayos X - radioterapia profunda - que le suprimió la menstruación por 7 meses, sin resultado efectivo.
Mientras tanto advinieron los antibióticos, administrándole penicilina, estreptomicina, aureomicina y, finalmente, las preparaciones de oro.
Su situación continuaba siendo desesperante. Sólo conseguía alivio sumergiéndose durante horas en un baño caliente de inmersión.
Fue entonces cuando, en ocasión en que un médico le practicara una histerometría, sintió un agudo dolor en el fondo de la matriz, según ella, producido por el histerómetro. (El médico negó haberla herido)
A partir de este incidente (hace 9 años) viene sintiendo un agudo dolor pinchante, terebrante, como si una aguja de colchonero, dice, le atravesara el fondo de la pelvis.
La convencieron de que tenía adherencias que le tironeaban y le producían los dolores y como además había quedado una eventración de la primera operación apendicular, fue nuevamente operada, sin que obtuviera algún resultado favorable.
Volvió nuevamente a la radioterapia que nuevamente le produjo supresión de la menstruación hasta el momento actual, en que lleva 14 meses de amenorrea.. En una nueva tentativa para calmar sus dolores la trataron con inyecciones anestésicas tronculares de novocaína-alcohol, pero no consiguieron aliviar sus sufrimientos.
Viene a la consulta desesperada, con facies ansiosa y mostrándose hostil, desconfiada del tratamiento médico y exigiendo pronto alivio a sus dolores.
Siente como si la estuvieran punzando, pinchando con un estilete, atravesándola de delante a atrás en la pelvis, con sensación de ardor, quemadura, como de llaga abierta o herida abierta, como una llama de fuego que la estuviera quemando. Todo en medio de un gran desasosiego, inquietud, excitación y desesperación. Sus familiares están angustiados frente a su situación. Su marido, a quien trato, dice que no aguanta más. Su única hija se ha neurotizada y huye de la casa. El humor de esta enferma es intolerable, con extrema irritabilidad y llena de acusaciones y reproches.
Sus facies es demacrada y pálida, con grandes ojeras azuladas. Más gruesa proporcionalmente en el tren inferior del cuerpo, con piernas varicosas, presión arterial 12-9. Pulso taquicárdico. No hay lesiones en aparato cardiocirculatorio, ni respiratorio.
Vientre doloroso- timpánico-distendido, con dolor profuso y punto esquisto que señala en el medio y al fondo de la excavación pelviana.. El examen ginecológico da pequeña ulceración de cuello, discreto flujo, matriz algo grande en retroversión. Antecedentes hereditarios y familiares sin importancia. Personales: fue sana, dice, hasta su parto. Tuvo sarampión. Eczema cuando chica, a los 2 años y fue tratada con pomadas. Hace 17 años, al año siguiente del parto, tuvo eczema en hemicara derecha y conducto auditivo derecho que trató con nitrato de plata; el eczema desapareció en seguida. Siempre le persiguieron intensas cefaleas que toman región supraorbital y lóbulo frontal derecho. Llora con rabia por sus dolores. Reclama con vehemencia alivio a sus dolores. Habla de aceptar la extirpación de su matriz, que ya le propusieron. El marido se opone por ser ya muchas las operaciones y todas sin resultado alguno.
Tiene fuertes llamaradas de calor, con transpiración profusa. Presenta grandes equimosis con verdaderas subfusiones y várices procidentes en el trayecto de las safenas, sobre todo derecha.
Es una enferma que presenta una histeria de conversión engendrada psíquicamente por la ansiedad que le produjo la restricción de su instinto sexual en conflicto con la prohibición que ella misma se impuso, después del traumático parto que tuvo a los 22 años. La neuritis pelviana es un desplazamiento fóbico de su temor o ansiedad por el parto o embarazo que ella rechaza, negándose al contacto sexual. No quiso tener más relaciones sexuales con su marido, salvo en muy contadas oportunidades, durante 18 años. El tiene una amante y ella lo sabe. Manifiesta no importarle nada y se adjudica toda la culpa porque "no sirve". Hace un gesto definitivo de dignidad herida que cierra todo comentario. Las pocas veces que tuvo contacto con su marido le valieron otros tantos embarazos, que rechazó inmediatamente bajo la anuencia de los mádicos, que admitieron la imposibilidad de seguirlos ante sus intensos sufrimientos.
En esta enferma hay, por lo tanto, una profunda represión de su instinto sexual, con histeria de conversión somática en forma de neuritis pelviana. Pero esta represión neurótica de su instintividad, no fue un mecanismo psíquico puro engendrado por el traumatismo del parto. Esta enferma era sicótica, porque inmediatamente después del parto tuvo abundante flujo fétido, excoriante con ulceraciones de cuello, que suprimió con lavajes y cauterización, además de algias pelvianas y calambres que anunciaban las lesiones neuríticas de la sicosis. Al suprimir sus manifestaciones exonerativas sicóticas tuvo cambio de su carácter y se hizo irritable, violenta, ansiosa e histérica, con represión de su instinto sexual racionalizado por temor al parto, lo cual no tiene porque suceder si no hay un fondo sicótico de perversión afectiva.
Esta enferma había sufrido reiteradas supresiones. Le habían suprimido su leucorrea, su menstruación (radioterapia). Suprimieron tres embarazos que importa la liberación erótica cumplida por el embarazo, el parto y la lactancia. Suprimieron el eczema aparecido al año del parto y que implicaba una eliminación vicariante de la sicosis. Suprimió sus manifestaciones afectivo-instintivas (frigidez sexual)
Estaba realmente bloqueada física y anímicamente. Urgía en esta enferma la liberación de sus represiones y el restablecimiento de la ley exonerativa de curación. El único diagnóstico positivo era el de la tensión dinámica mórbida creada por la introyección y sólo cabía esperar la restauración de las descargas mórbidas, por la piel y las mucosas.
Por los antecedentes etiopatogénicos. Frigidez sexual y afectiva. Las llamaradas de calor junto al cuadro de éxtasis portal y llanto en la consulta. Le dimos Sepia 200.
El 24 de octubre hicimos esta prescripción que no produjo cambio alguno. Prescribimos entonces Sepia 1.000 el 17 de noviembre que tampoco produjo cambios.
Reconsideramos el cuadro actual y anotamos que la enferma siempre adoptaba una actitud imperiosa, altiva, orgullosa. El marido y la hija me habían informado de su soberbia y tendencia marcada a dominar. Además, sorprendemos el síntoma de que quería estar sola, no quería ver a la gente, era muy insociable, pero se asustaba con terror cuando se hallaba sola en la casa. No quería ver gente nueva, ni ser presentada, ni tener contacto con nadie. Hablaba constantemente, sin embargo, de su incapacidad de cuidar, ser mujer, atender sus cosas y a los suyos.. Huía de la gente no por aversión, sino porque tenía falta de confianza en sí misma, temor al contacto con los demás, porque decía que no podía pensar (era temor al contacto intelectual, no afectivo). Por consiguiente sus síntomas eran: aire altanero, orgulloso, dominante, deseo de estar sola, pero con gente alrededor, aversión a la gente por sentimiento de inferioridad, de impotencia. Tristeza, abatimiento, llanto. Lo que me llevó a prescribir Lycopodium Mil, que produjo el resultado esperado.
A los 8 días apareció un eczema detrás de las orejas, que fue extendiéndose a cara derecha y cuello. En el espacio de 20 días se expandió en busto, hombros, espalda, toda la cara y parte del cuello cabelludo. Llegó a tener proporciones monstruosas, con edema considerable, secreción melosa y costras melicéricas, cuya caída dejaba sectores al rojo vivo, con el dermis al descubierto.
Estuvo tres meses y algunos días con este eczema impresionante. Fue confortada moralmente sobre que ese eczema importaba su curación. A pesar del impresionante aspecto que presentaba, la enferma toleraba mucho mejor su situación actual que la anterior. A los pocos días de aparecer el eczema, desaparecieron totalmente sus dolores pelvianos que por tanto tiempo la hicieron sufrir, se encontraba mucho más tranquila y sosegada.
En Enero 30 le di Lycopodium 10 mil, en plena evolución de su brote eczematoso porque había permanecido estacionario. A los 20 días de esta última dosis desapareció la erupción y la enferma pudo considerarse completamente curada. Casi un año después tuvo transpiración copiosa de olor agrio junto a cansancio inmotivado, dolores de cabeza y llamaradas de calor. Prescribí Sulphur 10 mil que terminó con el cuadro. Actualmente se halla bien, sin síntomas, sin eczema y sin la menor molestia pelviana, habiendo reacondicionado su vida familiar dentro de los términos más felices, con la consiguiente recuperación moral de su marido y su hija.
Esta enferma era psoro-sicótica, víctima de reiteradas supresiones que curó totalmente cuando pudo llevar a la piel su proceso y liberar la energía mórbida, reeditando un eczema que había tenido cuando chica y reiterado hace 17 años y suprimido esa vez con nitrato de plata.
Como primera observación es evidente que el eczema actuó como manifestación curativa de una enfermedad interna ratificando la función de la piel como órgano emunctorial íntimamente ligado al resto de la economía y concurriendo al funcionamiento de la totalidad del organismo como unidad biológica. Ningún órgano puede ser tratado independientemente de todos los demás, de modo que las enfermedades de la piel sean sólo enfermedades de la piel.
En segundo lugar, es evidente que el eczema está vinculado patológicamente con la neuritis pelviana, el síndrome inflamatorio genital y las alteraciones de su carácter.
La fisiopatología no puede explicar la conexión patogénica entre la enfermedad pelviana, el cuadro psicológico y el eczema, pero clínicamente tal conexión existe y el curso evolutivo de la enferma lo muestra claramente. Inmediatamente después del parto hubo intensa leucorrea que fue suprimida, instalándose un cuadro inflamatorio pelviano. Al año aparece un eczema que también fue suprimido, fijándose ya un estado general y psíquico grave para su vida personal y la de su familia. Se selecciona un remedio en base a la similitud con su cuadro psíquico y reaparece el eczema suprimido hace 17 años, que cura a la enferma. ¿Cuál es esa raíz común que une afecciones tan dispares como un proceso inflamatorio, una alteración mental y una erupción cutánea?
¿No es evidente que estos fenómenos intercalares son metástasis de una sola afección, el eczema, que inició y cerró el cuadro?
No puede concebirse esta raíz común sino en términos de una disposición dinámica constitutiva del individuo, que tiende a proyectar hacia el exterior un caudal de energía y que se transforma en mórbida cuando es contrariada por la represión o supresión. Que esta energía sea puramente psíquica, instintivo-libidinal o se transforme químicamente en toxinas segregadas por las mucosas y la piel, no hace más que ratificar el concepto de totalidad funcional del organismo, como una unidad biológica psicofísica. Lo que pasa en la elaboración conceptual de este sentido de totalidad funcional, es que en el análisis científico de los mecanismos físicos-químicos, humorales y nerviosos que desenvuelve el organismo, la cadena se interrumpe cuando se llega a lo psíquico y el examen debe efectuar un salto para salvar el ignorado eslabón que une lo mental a lo orgánico, lo anímico a lo corporal, lo psíquico a lo fisiológico. Nunca se podrá establecer una correlación científica entre lo psíquico y lo orgánico, sino en el plano de la pura observación clínica, que permite la captación sintética de cada enfermo a través de su historia biológica.