Gustavo Sapere,
Psicólogo
Cuando Hahnemann comenzó a definir las bases de la homeopatía, faltaban más de cien años para que apareciera lo que actualmente llamamos psicoterapia. La medicina de su época se ocupaba de los trastornos físicos apelando a un conjunto de tanteos teóricos muy precario, y a prácticas primitivas, a veces brutales. Los males subjetivos, el sufrimiento psíquico, quedaban, a su vez, en manos del sacerdote o del juez.
Él intuyó, sin embargo, que las infinitas manifestaciones del malestar humano se ordenaban de un modo coherente y jerárquico, y que ciertas rupturas del equilibrio global eran el fundamento de manifestaciones físicas y anímicas aparentemente inconexas. Sostuvo, pues, una concepción que tardaría mucho en formalizarse en el conocimiento occidental: la cualidad sistémica, ecológica, que enmarca y explica los fenómenos aislados en el campo de la salud. Avanzó así una óptica psicosomática, no como pegoteo más o menos artificial de lo corporal y lo mental (herencia cartesiana), sino como conjunto único y dinámico.
El discurso científico oficial continuó su evolución. Se refinaron los recursos de la química y los estudios anatómicos. Aparecieron resultados espectaculares que ensombrecieron la posibilidad de revisar sus bases teóricas y epistemológicas. La homeopatía siguió, a su vez, su curso, ganando espacios a costa de grandes esfuerzos, y sin un reconocimiento pleno por parte del poder médico oficial. La psicología, por su parte, hostigada por el materialismo neurológico, sucumbió, en muchos casos, al modelo del enemigo, y de ese modo creyó poder tener un espacio de respetabilidad. Más allá de sus aspectos revisables, incluso si son muchos, es mérito de Freud haber desafiado el materialismo crudo de su época sin caer en vaguedades pseudofilosóficas. Y, ya avanzado el siglo XX, Bateson, finalmente, introduce el pensamiento sistémico, abierto a una concepción compleja, rigurosa pero holística del fenómeno humano.
El último cambio de siglo nos sorprende en medio de un acantonamiento de la ciencia “dura”, frente a la multiplicación de propuestas “alternativas”, que intentan recuperar miradas más amplias, a veces de un modo inspirado, a veces incurriendo en faltas de seriedad intelectual y refritos doctrinarios difícilmente digeribles.
Es imposible estar por encima de la propia época. Algunos pocos, muy pocos, pueden, de vez en cuando, asomarse al futuro e iniciar impulsos que aprovecharán los habitantes del futuro. Hoy por hoy, existen los médicos, existen los psicólogos, y es conveniente aspirar a la cooperación como modelo unificador.
He compartido como terapeuta, durante treinta años, con médicos homeópatas, la tarea de acompañar a muchas personas hacia una vida más satisfactoria. Los efectos de la intervención homeopática ha beneficiado mi trabajo terapéutico en muchos sentidos. Sosteniendo la posibilidad de seguir pensando a pesar del dolor interno, proporcionando estados anímicos más productivos, facilitando la emergencia de núcleos conflictivos profundos, actuando sobre los mecanismos sutiles que unen nuestra vida consciente con la silenciosa dinámica de la fuerza vital. La psicoterapia, a su vez, ha permitido al paciente, en el proceso de resolución de sus conflictos, definir mejor el perfil sintomático que guía al médico; jerarquizar, seleccionar y elaborar material actualizado por el proceso de restauración vital, y convertir en algo comunicable la experiencia personalísima del enfermar.
La pregunta es: ¿da igual qué tipo de psicoterapia elijan aquellos que han optado por la medicina homeopática? Sabemos que las corrientes psicoterapéuticas se han multiplicado ad infinitum. No creo que haya una en particular que sea la única adecuada. Pero sí debe tratarse de un enfoque que reúna tres características básicas:
Flexibilidad. Es evidente que el encuadre “duro” en psicoterapia no conduce a grandes resultados. Inevitablemente, la rigidez en cuanto a duración, frecuencia y estilo convierten a la psicoterapia en una especie de curso interminable de salud mental, como si existiera un estado final perfecto e inmutable, “limpio de anormalidades”. Ese esquema se asemeja al modelo de la medicina oficial, que toma como punto de partida (y por lo tanto como objetivo inadvertido) el cuerpo muerto, el objeto inerte de la mesa de disecciones, y que se aboca a fragmentos del organismo total con un furor curativo poco respetuoso por la condición naturalmente mutable y compleja de los sistemas vivos.
Humildad. Es bien poco lo que podemos saber sobre lo que hay “más abajo” y “más arriba” de lo mental. Pero sabemos que eso, sea lo que fuere, está “allí”. Y mucho menos sabemos sobre los nexos que unen los diferentes niveles. Un sector no menor de la psicología replicó al recelo de las tradiciones –digamos– espirituales, con una respuesta no menos desconfiada y un menosprecio análogo al que él mismo recibía de la “ciencia seria”, es decir, materialista. A veces también se parapetó en un “psicologismo” ingenuo y petulante, que terminó por invertir la falacia de que “todo es físico” en una falacia simétrica: “todo es psicológico”.
Rigor. En este punto siempre propongo como lema una frase de Ítalo Calvino:
Cuando las cosas no son simples, tampoco son claras. Pretender la claridad, la simplificación a cualquier precio, es ramplonería. Y es precisamente esa pretensión la que hace que los discursos se vuelvan genéricos, es decir, falaces. Por el contrario, el esfuerzo de intentar pensar y expresarse con la máxima precisión posible sobre las cosas más complejas es la única actitud honesta y útil.
Los pacientes de homeopatía no “van al médico”, “hacen” un tipo de medicina. Y por no ser esta la que aparece marcada “por defecto” en el menú oficial, hay detrás de esta opción un pensar y un decidir, a veces incluso superando hostilidades y sarcasmos de su medio más próximo. Quien acude a una psicoterapia también sabe que la intervención del terapeuta no reemplazará su propio trabajo de reflexión, y sabe que, incluso más allá de la resolución de los conflictos, uno está solo frente a sus decisiones, incluida la de abandonar esquemas de vida disfuncionales. La acusación frecuente de que la homeopatía consiste en un uso malicioso o supersticioso de placebos es bastante parecida a la que se ha dirigido a la psicoterapia desde las trincheras de un falso espíritu científico. Lo que ocurre es que es mucho más difícil ser riguroso, como dice Calvino, cuando admitimos la complejidad en lugar de eludirla.
Quiero concluir, por fin, afirmando una convicción que creo debe regir tanto la tarea del homeópata como la del psicoterapeuta: no es la vida la que sigue al recurso, es el recurso el que debe ir detrás de la vida. Más allá de nuestras preferencias teóricas o técnicas, somos experimentadores. Nos sometemos a la verdad de la experiencia, como lo hizo Hahnemann. Suspendemos el juicio a favor de la manifestación de la vida, que a menudo desafía nuestas previsiones. Y sabemos que no estamos aquí para devolver a nadie a una normalidad imaginaria, sino para ayudarlo a que asuma lo más plenamente posible la originalidad de su ser, en lo biológico y en lo existencial. El sentido de las cosas está siempre por encima de cualquier modelo de supuesta perfección.
Gustavo Sapere,
TE 4554-0852