¿QUÉ ES LA INDECISIÓN?
Dr. Francisco Goldstein Herman
Psiquiatría, Psicoanálisis, Psicomeopatía Unicista
La indecisión consiste en la
incapacidad de una persona para evaluar cualquier hecho en el que deba tomar
una determinación o elegir un camino entre varios que se le ofrecen o adoptar
una decisión o resolver una cuestión.
José, 26 años, vino a verme por este síntoma raro, después de haber visitado a
muchos médicos. El se conocía de memoria prácticamente todo en cuanto a
medicinas relajantes, tranquilizantes, antidepresivas, pues siguiendo
prescripciones médicas, “ya los había probado todos”.
Por la cantidad de indecisos que vemos a diario, la indecisión es casi el
síntoma de nuestro tiempo. Sin embargo, adquiere la fuerza de un “síntoma
raro” cuando la Medicina Oficial no reconoce a la indecisión como síntoma. No
existe ningún medicamento alopático para este problema.
Sería interesante hacerles conocer cómo el Dr. Hans Selye descubrió el Stress
antes de descubrirlo. Siendo estudiante de medicina en Praga, se asombró de
que sus maestros no tomaran en cuenta una serie de síntomas que presentaban
los pacientes a los que ellos examinaban. Solían desestimar una pequeña fiebre
que duraba ya varios días o un sudor localizado en la cabeza pero que no
afectaba al cuerpo o que a la inversa, tomaba el cuerpo, pero no la cabeza o
un intenso vacío en el estómago que no se calmaba comiendo o un cansancio que
no cesaba ni después de haber dormido muchas horas… Ya siendo médico el Dr.
Selye siguió obsesionado por esos síntomas “que no le servían para nada” a la
medicina oficial. A mediados del siglo XX, convertido en uno de los más
importantes fisiólogos de su época, el Dr. Selye reunió a esos síntomas
“raros” en una tesis revolucionaria: el síndrome de estar enfermo. Y no pasó
mucho tiempo para que siguiera a ese síndrome con la provocadora teoría del
Stress. Los síntomas “raros” para la medicina oficial tuvieron que ser
admitidos por ésta bajo el nombre de Stress. La indecisión pasó a ser tomada
en cuenta por la medicina oficial, pero su tratamiento sólo se lleva a cabo
con drogas, los psicofármacos antidepresivos, tranquilizantes, relajantes…
LAS INDECISIONES DE JOSÉ
Este joven quería curar sus indecisiones sin tener que sentirse distinto. Su
protesta se centraba en el hecho de que los medicamentos de la medicina
oficial lo hacían sentir “diferente” a como había sido antes de tomarlos. José
criticaba los efectos que le producían los medicamentos alopáticos de la
medicina oficial. Se quejaba de que después de ingerir esas medicinas,
psicofármacos, si bien el síntoma se aplacaba, se iba sintiendo como entre
algodones, mareado, brumoso, a veces con vértigos o experimentando la
sensación de que se fuera a caer, etc.
Las decisiones que debe tomar el indeciso no siempre se refieren a cuestiones
vitales, a problemas realmente importantes, como casarse, cambiar de empleo,
establecerse en otro país, iniciar una carrera, comprar una casa, etc.. Estos
son temas sobre los cuales cualquier persona debe meditar. No diríamos que
estos casos constituyen “síntomas”.
¿CUÁNDO LA INDECISIÓN SE TRANSFORMA EN SÍNTOMA?
La indecisión adquiere el carácter de síntoma cuando la más mínima cosa que
deba enfrentar la persona, la más pequeña elección le implica un serio
problema. Por ejemplo, si José tenía que elegir entre cosas tan sencillas
como, qué ropa ponerse, qué plato pedir en un restaurante, qué película ir a
ver; a quién ir a visitar, si viajar en subte o en colectivo o ir a pie, o
bien si para prender unas hojas de papel usar un clip o un alfiler o una
abrochadora. Cualquiera de estas insignificancias representaba para José un
obstáculo incapacitante. Simplemente, no podía seguir adelante, vacilaba,
titubeaba, no podía decidirse a elegir. Su ánimo quedaba perplejo y en
suspenso entre resoluciones y juicios contradictorios.
Este trastorno destruía la seguridad de José de cualquier persona que lo
padece. En la práctica, aún como síntoma aislado, la perturbación suele
constituir una enfermedad. El desorden se había presentado en José a la manera
de una falta de capacidad para darse cuenta qué le estaba ocurriendo en una
situación dada o bien, cómo una impotencia para elegir un camino posible o
como una imposibilidad de tomar una determinación para hacer cualquier cosa.
Pero hay un llamativo fenómeno que padecen algunos de los indecisos más
graves. Estos llegan a tener la sensación de que todo lo que llega a sus
sentidos ha sido percibido por otro. Desde mi especialidad como psiquiatra me
apresuro a aclarar que no se trata de locos. Los indecisos suelen ser personas
normales en el resto de sus acciones y también individuos muy buenos y útiles
para la comunidad.
Cuando estos indecisos graves dicen algo, tienen la idea de no ser ellos
mismos quienes lo han pensado, sino que otro lo dijo antes. Si ven algo, es
como si antes lo hubiera visto otra persona. Si huelen cualquier cosa, creen
que el olor lo ha percibido primero alguien que no es el mismo. Si tocan
cualquier cosa, les parece que la sensación del tacto les llega desde otra
persona que lo ha percibido antes. Sin darse cuenta, el indeciso grave
establece con algún otro una especie de dependencia ilusoria. José padecía
este síntoma, pero no podía identificar quien era ese otro de quien parecía
ser un cautivo.
SENTIRSE DOMINADO POR UN EXTRAÑO
Los lectores van a creer que estamos hablando de una película de ficción con
seres de otro planeta y podrían preguntarme si mi paciente se sentía bajo el
dominio de “otro”. Efectivamente, José detalló su sensación de estar
virtualmente sometido por “otro”. Mi paciente se reconocía incapaz de ordenar
sus pensamientos. Se equivocaba al hablar y al escribir. Muchas veces, al
querer expresarse no usaba las palabras que debía o bien, no le salían las
palabras que pensaba. A él le parecía que tales incapacidades procedían de
“una interferencia en las comunicaciones” que recibía del otro.
Se preguntarán cómo se las arreglaba José sintiéndose así. Pues, para ocultar
ese estado de confusión, José caminaba muy rápido. Hablaba muy acelerado.
Comía con urgencia. Cualquier cosa la hacía con inusitada prisa. En todo
actuaba siempre como apurado. Se quejaba de tener la impresión de que todo se
demoraba. El tiempo le parecía que transcurría con exagerada lentitud. Las
noches eran para José un infierno; las horas se le alargaban, no pasaban
nunca. Esa eternidad del tiempo era la razón del apresuramiento de José.
José me confesaba que, como consecuencia de esa servidumbre de un otro, él se
sentía confundido en sus pensamientos, en sus ideas y que hasta llegaba a
dudar de su identidad personal. Por momentos, no estaba seguro de saber quién
era él ni quién había sido antes.
OCULTANDO LAS CONFUSIONES
Este paciente no conocía quién era el que le dictaba las palabras, pero en
otros casos de indecisión que he visto los enfermos sí conocían a la persona
de quien parecían depender. Generalmente se trataba de un familiar o de un
amigo o de una persona del pasado a quien hacía mucho tiempo que no veían. En
cambio, José tenía la impresión de que quien le imponía su potestad podía ser
cualquier persona que casualmente estuviera cerca de él. Si estaba presente
más de persona, “lo que recibía como transferido” José lo atribuía
rotativamente a cada una de ellas.
Este paciente se reconocía incapaz de ordenar sus pensamientos. Decía que se
equivocaba al hablar y al escribir. Se quejaba de que muchas veces, al querer
expresarse no le salían las palabras que había pensado. ¿Cómo iba a ser capaz
de ordenar pensamientos o sus palabras si su trastorno básico era no poder
decidirse a elegir nada? Estos trastornos se basaban en el mismo asunto: la
duda eterna sobre si la elección que hiciera sería la correcta.
Para ocultar ese estado de confusión, José hablaba muy rápido. También actuaba
con prisa. Siempre se apuraba en todo. Se quejaba de tener la impresión de que
todo se demoraba porque el tiempo transcurría con exagerada lentitud. Las
noches eran para José un infierno; las horas no pasaban nunca. Esa eternidad
del tiempo era la razón del apresuramiento de José.
MIRANDO ESTOS SÍNTOMAS DESDE OTRO PUNTO DE VISTA
Los antropólogos, o sea los científicos que estudian las costumbres de los
pueblos, descubrieron una costumbre muy arraigada entre los pueblos instalados
en las costas del mar Mediterráneo, sea entre los europeos, sea entre los
africanos. Los habitantes de esas costa vuelcan en el suelo un poco del vino
que están por tomar cada vez que destapan una botella.
La explicación de esta costumbre se encontró en viejos manuscritos y en las
inscripciones de antiguas vasijas y jarrones. El origen arcaico de tales
antigüedades reside en una costumbre anclada en los pueblos de las costas
mediterráneas: griegos, egipcios, turcos, romanos, etc.. Disimulada como
ofrenda, esa costumbre tenía la intención de mostrar a los dioses qué debían
hacer para fertilizar las tierras. Derramaban en el suelo el vino que calma la
sed, para enseñarle a los dioses a calmar la sed de la tierra.
El apresuramiento de José tenía una intención ritual equivalente a la de ese
culto pagano. Se apuraba en todo para “enseñarle al tiempo a apurarse”. Por
supuesto, esa intención de José no era consciente sino, tan involuntaria e
ingenua como la de aquellos que todavía hoy practican el ritual del vino.
Desde hace casi dos siglos los medicamentos homeopáticos revierten cuadros
clínicos de este tipo sin producir vértigos ni mareos ni brumas ni siquiera la
sensación como de estar entre algodones, por una simple razón: el medicamento
homeopático no contiene droga alguna, por eso no puede dañar. Administré su
medicamento a José. Su respuesta fue espectacular. Desde el décimo día José
comenzó a recuperarse. En seis meses, variando las potencias del medicamento,
José quedó libre de sus ilusiones sensoriales y de su secuela más llamativa,
la indecisión.
Una acotación histórica. el Dr. Hahnemann, creador de la homeopatía, fue
director durante tres años de un “manicomio” para locos internados de por
vida, tanta era la gravedad de sus cuadros mentales y la poca esperanza de
curarlos. Tratados por Hahnemann con medicamentos homeopáticos, muchos de los
enfermos comenzaron a recuperarse y a curar o, por lo menos, a atenuar sus
dolencias. Como es costumbre en el género humano, la envidia y la rivalidad de
los médicos que habían fracasado en la misma empresa promovieron una acción
contra Hahnemann y lo expulsaran del cargo.
Pero la semilla ya estaba echada y hoy puedo decir con satisfacción que trato
a la mayoría de los problemas psiquiátricos (locuras) de mis pacientes o de
sus problemas psíquicos (angustia, ansiedad, pánico, manías, obsesiones,
etc.), con medicinas homeopáticas (sin drogas). Obtengo la mejoría de estas
personas sin crearles dependencia alguna y, por lo tanto, sin que sufran el
síndrome de abstinencia. Este aparece regularmente cuando se interrumpen las
medicinas con drogas alopáticas