Homeopatía y psicoterapia: la conciencia biográfica

 

Lic. Gustavo Sapere

Psicólogo

gsapere@hotmail.com

 

 El nacimiento del individuo

El concepto de “individuo”, que en el moderno mundo occidental nos parece natural, es muy reciente en la historia humana. Incluso en la actualidad no es una idea universal. En muchas culturas, todavía hoy, cada miembro de la sociedad tiene un valor muy escaso, y completamente subordinado a la familia, la tribu, el clan o la colectividad. Lo “verdaderamente real” es el grupo, no sus miembros, que son intercambiables y contingentes. La única historia que vale es la de la comunidad, sus reyes, y la de los seres sagrados o mitológicos que la fundaron.

En Occidente, por su parte, hasta pasada la Edad Media, el valor del individuo era tan escaso, que ni siquiera la obra de arte llevaba firma. Se consideraba una creación –y  por lo tanto una propiedad– colectiva. A lo sumo se sabía que había salido del taller de tal o cual maestro, pero en ella podían haber intervenido muchas manos, no necesariamente las de aquél. Lo mismo cabe decir de las piezas literarias. Algunos reyes figuraban como autores de todos los poemas o himnos que se componían en su corte. El caso más célebre es el de David, a quien se atribuye la autoría de los 150 salmos, si bien toda la crítica actual está de acuerdo en identificar diversos autores en diferentes épocas.

El individuo, un ser con historia

El concepto de individuo, como lo entendemos hoy, empieza a surgir en el Renacimiento, y sólo a lo largo de los siglos va ganando terreno sobre el hombre fundido en lo colectivo. Ya en el siglo XX, la radio, el cine, la televisión, alentaron la ambición de millones de seres grises, de llegar a ser personajes de historias. Las historias, a su vez, que hasta entonces eran privilegio de los pocos alfabetizados, se volvieron un producto de consumo masivo. Y con ellas, el impulso a protagonizarlas. Y así hasta hoy, cuando incluso los menos favorecidos por la fortuna aspiran no sólo a tener una vida que contar, sino a exhibirla, si es posible, delante de las cámaras y provocando una impresión imborrable.

Detrás de este mercado tramposo de identidades ficticias y glorias descartables, hay, sin embargo, un profundo impulso humano: el constituirse como sujeto de la propia vida entendida como historia: la biografía. El modo en que cada uno lo hace es tan irrepetible como las huellas dactilares. Porque el material de lo biográfico es precisamente ese: las huellas. Todo lo que permita producir y registrar huellas tiende a generar biografía, ya que los seres humanos tendemos a atribuir significado a cualquier marca. La invención de la imprenta, los viajes intercontinentales, la grandes migraciones, el telégrafo y el teléfono, los medios audiovisuales, la informática, todo ello ha dado un vigor extraordinario al sentido biográfico de los individuos.

Perspectiva biográfica en medicina y psicología

Esa conciencia llegó también por fin a la medicina y a las ciencias humanas. La medicina ya tenía el clásico concepto de historia clínica. Pero la historia clínica tiene muy poco de verdadera historia: se parece más bien a una crónica, es decir, a un registro impersonal de hechos supuestamente objetivos, referidos a un tema único. La homeopatía, en cambio, ha ido más allá al plantear la necesidad de un registro “biopatográfico”. En él ya hay un esbozo de narración, ese fondo de la vida personal como trama imprescindible donde se sitúan –y adquieren sentido– los síntomas que justifican la intervención clínica. Este modo de dar sentido a los síntomas constituye una revolución respecto al diagnóstico tradicional. Incluye dos elementos sin los cuales es totalmente ilegítimo proponer significados: el contexto y el tiempo. No el tiempo cronológico, sino el tiempo biográfico. El tiempo que se cuenta, no por días o años, sino por la sucesión de hechos significativos.

Por otra parte, es la psicología de los últimos cien años la que ha devuelto al malestar emocional un valor de sentido. Al contrario de la antigua psiquiatría, que partía de la base de un supuesto funcionamiento normal, y veía cualquier dolor moral como signo de una tara, que debía ser “reducida”, la psicoterapia moderna se interna en la historia personal del sujeto, y lo anima a actuar como lector de su propia historia. También como un crítico que la analiza, y por fin, como un autor que vuelve sobre los argumentos previos para cambiar su sentido y construir otros nuevos. La repetida frase de Ortega, de que “el hombre es novelista de sí mismo”, tiene aquí su máxima aplicación. La psicoterapia es un camino que parte de narraciones de fatalidad (“me pasó esto y por eso soy así”) a narraciones de autonomía (“hasta ahora he entendido mi vida de este modo; ahora voy a ver qué otras posibles versiones no he tomado en consideración, y a partir de allí buscaré salidas que me hagan vivir con menos sufrimiento y más satisfacción”).

En este sentido, en la psicoterapia, terapeuta y paciente se ponen ante el material biográfico como quien se sitúa frente a un enorme rompecabezas. Hay partes conseguidas, otras no. Algunas piezas parecen faltar, y otras no parecen hallar colocación posible. Seguramente no hará falta desarmarlo todo para comenzar desde el principio. De la misma manera, no todo debe ser desmontado y puesto en cuestión durante un proceso terapéutico. Seleccionar las zonas relevantes es un paso previo fundamental. Luego habrá que ir intentando nuevas combinaciones que tal vez arrojen figuras imprevistas, resultados que van mucho más allá que la mera “corrección del desequilibrio”. Es muy frecuente que al cabo de un tiempo de psicoterapia, el paciente cambie su escala de prioridades respecto a los problemas. Cosas que inicialmente parecían muy graves o angustiantes se vuelven tolerables o incluso se desvanecen, mientras que la atención se dirige espontáneamente a cuestiones que no son tan apremiantes, pero que sin embargo se perciben ahora como más fundamentales. La “historia oficial” que todos tenemos de nosotros mismos empieza a variar: a pesar de emplear los mismos materiales argumentales, la narración se transforma marcadamente. Cambian los ejes de interés, la propia identidad no aparece tan rígidamente asociada a determinados rasgos, y uno empieza a encontrarse aliviado al descubrir que ya no es un personaje en una historia escrita por el destino, sino que se va ocupando gradualmente el lugar del autor.

La conciencia histórica ha sido una conquista de la conciencia humana. El derecho a ser alguien, a tener un proyecto, también. La elección de ponerse por encima de la fatalidad requiere esfuerzos, sin duda. También responsabilidad y una actitud activa. Por eso, tanto en la homeopatía como en la psicoterapia no tienen cabida el autoritarismo terapéutico ni su contraparte, la pasividad del consultante. Ambas constituyen una invitación a asumir la autoridad sobre uno mismo.