Diabetes


El enfermo que me consultó comenzó su cuadro nosológico con intensas" molestias" en sus ojos, diciendo que debe frotarlos constantemente por picazón y ardor, dice tener visión nublada y cefaleas diarias. A esto se le agregó, al poco tiempo, un notable apetito, mucha sed y poliuria (aumento de la emisión de orina).
El oftalmólogo al que consultara hace su diagnóstico y pide una glucemia para ratificarlo. Y el diagnostico era correcto.
Pero sólo el diagnóstico superficial. El que pone en peligro la salud del paciente porque obliga a los galenos a recurrir a la jeringa para inyectar la insulina "redentora". O con suerte, la pastilla "supresora".
Y este es el momento en que debemos oponernos tenazmente a tal medicación, porque después ya será tarde.
Es imperioso impedir de entrada el tratamiento alopático, caso contrario el enfermo perderá toda posibilidad de curarse. En efecto, iniciada la terapéutica alopática, con el tiempo el paciente requerirá mayor cantidad de medicamento y el médico se verá obligado a usar dosis cada vez más altas del "remedio" elegido, mientras,inevitablemente, se irá produciendo daños en diversos tejidos del cuerpo, que a duras penas podrán ser superados una veces o, lo que es más común, terminar en lesiones tisulares graves.
Se impone intentar el diagnóstico de fondo, al que nosotros llamamos de la persona. Usando remedios semejantes el enfermo tendrá la gran posibilidad de volver al equilibrio completo de su Mente y de su Cuerpo, lo que implica la vuelta a su normal glucemia.
El señor A. S. De 54 años, tenía antecedentes diabéticos en su familia y esto hacía comprensible su predisposición a llegar a tener diabetes.
Me manifiesta que sufre calambres y adormecimientos de los dedos del pié derecho, así como dolores en los gemelos (músculos de las pantorrillas). En muchas oportunidades, generalmente por la mañana, padece fuertes mareos. Su glucemia de hace una semana y ya cuidándose en las comidas es de 1, 46 gr. Ha sufrido eczema en la región esternal.
Es un hombre caluroso que busca los lugares frescos de la cama. EL sol le afecta la vista haciéndole lagrimear. Su transpiración es abundante en la nuca, en las plantas de los pies y en las ingles. Sus deseos alimenticios consisten en carne con grasa, comidas muy condimentadas y picantes, lo mismo que alimentos dulces.
Respecto a la esfera psíquica, que es lo más importante para lograr un correcto diagnóstico, me hace saber que siempre fue un hombre alegre y afectuoso pero, en la actualidad, aparte de la angustia provocada por la notable caída de su libido, siente que todo le molesta, está nervioso, muy irritable y ya no es cariñoso. Ahora necesita estar solo, se observa muy egoista y su mujer se queja de su terrible desorden.
Con estos datos comienzo el tratamiento. Es el mes de Diciembre de 1970.
El paciente regresa a los 20 días.
Dice estar bien de su vista, sus molestias han desaparecido y su visión ya no es "nublada". No sufre mareos ni dolores en sus gemelos.
Su potencia sexual se ha normalizado. Su carácter ha vuelto a ser como antes, alegre y afectuoso. Se siente bien con gente, ya no desea soledad.
Por supuesto, le doy régimen libre incluso de alimentos azucarados. No obstante su glucemia es de o,86 gr. y análisis posteriores a lo largo de varios años, dan cifras que oscilan entre 1,10 y 0,75.
En el año 1972 será medicado dos veces y en 1974 con el mismo remedio a la 50 Mil, dándosele de alta en muy buen estado de salud.
Pero…¿que hubiera ocurrido con el paciente de haber comenzado con el tratamiento alopático clásico, es decir con insulina u otros hipoglucemiantes?
Sabiendo que la insulina no cura la diabetes, sino que reemplaza la que el cuerpo no produce y que los hipoglucemientes bajan la glucemia por otro "mecanismo", es facil comprender que no se hubiera curado ni el enfermo ni la "enfermedad".
Tal vez hubieran mejorado algunos síntomas e incluso logrado una glucemia "respetable", pero el enfermo seguiría profundamente enfermo y la enfermedad seguiría su curso inexorable. El régimen alimenticio ayudaría a mantener más o menos equilibrado el cuadro de una enfermedad que subyase suprimida, pero no curada, y bastaría la omisión del "remedio" y aún del régimen alimenticio, para que se reproduzca la reaparición completa de los síntomas del paciente.